Si yo tuviera que calificar o darle un valor a Alinka yo diría que es el  de la amiga. Cuando afirmo esto, pienso en la frase de Cicerón que dice que, aparte de la sabiduría, el don   más  preciado que nos dieron los dioses es el da la amistad.

Álinka tenía el don de la amistad y no en un sentido abstracto. Tenía el don  único de estar  en los momentos precisos, de acompañar cuando lo necesitabas, sin ofrecerlo ni preguntarlo. Ella sabía cuando llegar y cuando  irse, cuando hablar y cuando no hablar, cuando dar y cuando recibir. Siempre admiré mucho estas cualidades pero hasta ahora me hice más consciente de ellas.   

Álinka era tan completa, tan idónea, tan honrada, tan delicada con  ese espíritu de dar. Era una cualidad excepcional que no cualquiera tiene. Cuando yo tenía una alegría, Álinka la compartía completamente  y en los momentos difíciles, ella sufría conmigo.   

Si tenía que hacerme yo un estudio serio en el hospital, no me preguntaba si quería que me acompañara o no, simplemente llegaba y allí  estaba  desde las  siete  de la mañana, y se  quedaba todo el tiempo Como yo había llegado en ayunas, cuando salía de los análisis ella ya me había traído algo de comer… Esos actos la identificaban.

Álinka me hablaba todos los días a una misma hora. Cuando yo salía de viaje, también hablaba para ver que se ofrecía  Cuando yo regresaba, aunque fuera por un fin de semana, había rosa rojas  o chocolates que ella me había .traído.  .Ese sentido de dar era tan bonito, no cualquiera lo puede tener.

¡Lamento tanto que se haya ido! Álinka no sólo era mi mejor amiga, sino que era como mi hermana. Hablar con ella era como hablar conmigo misma,  Su ausencia me apena mucho  ¡Qué belleza haberla encontrado!

Yo me llevaba con Álinka hace muchísimos  años y compartimos muchos momentos íntimos e importantes.  Luego las circunstancias de la vida nos separaron un poco.

Recuerdo que cuando Misha mi esposo murió, Álinka y Abraham fueron  de las pocas parejas que siguieron buscándome después de la shive, verdaderamente se preocuparon por mí. . Por lo menos cada dos semanas me llevaban al cine y a cenar.  

Después  de que se muró  Abraham, los domingos nos íbamos juntas al cine o comer tortas y nos hicimos más amigas.

Volviendo a los diálogos con Cicerón, en un momento  se pregunta a alguien   por qué dejo de ser un amigo de otra persona y se contesta porque le pidió que hiciera algo  injusto  e inequitativo.  Yo no me imagino jamás que Álinka te hubiera pedido que hicieras algo de esta naturaleza.

Lamenté mucho cuando, por su enfermedad, Álinka no pudo ir a la boda de mi hija ni tampoco a la apertura de la placa que  pusieron en mi nombre en un salón  de la Facultad  de Derecho de la UNAM.

Sara Bialostosky

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