Conocí a Álinka porque llegó a tomar un curso que yo abrí en la Universidad Iberoamericana titulado “La Cosmología judaica en el cine”.

Álinka era una mujer enamoradísima del cine, le fascinaban todo tipo de películas y además tenía muchas anécdotas vivenciales porque su vida siempre estuvo ligada al cine. Conocía mucho de todas las artes, pero el cine era lo que más le seducía. Nunca lo abandonó. Ella hablaba de su vida y de distintas anécdotas, a partir de las imágenes de los directores de las películas. Ubicaba las películas en el contexto de su vida personal y de la historia de México. Era genial cómo se involucraba. Tenía una sensibilidad maravillosa.

Abierta a nuevos horizontes, siempre estaba dispuesta a descubrir y a conocer. Le interesaban las películas vanguardistas que le permitieran aprender nuevas estructuras y lenguajes. Me pedía que le prestara las películas para enseñárselas a sus nietos, y yo sólo lo hacía por tratarse de ella.

Hasta el último momento, hacía el mayor esfuerzo para llegar a mi clase. Me impactó cuando llegó con su tanque de oxígeno acompañada por el chofer. Me dijo que sólo podía salir por un tiempo limitado y que había escogido venir a mi clase. Todo el grupo se quedó impactado. Eso fue un verdadero honor para mí, el mayor Oscar que pude haber tenido en la vida ya que ella motivaba a todas sus compañeras.

Joaquín Rubio

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