Álinka fue para mí una amiga muy especial, nos teníamos una gran identificación y había una gran afinidad y cariño entre nosotras.

Durante mucho tiempo no fuimos tan cercanas, pero luego, desgraciadamente ambas  quedamos viudas y por esta situación, nos volvimos a re-encontrar.  Álinka era una persona con un aura  especial, era difícil  describir todas sus cualidades y  todo su encanto. Siempre tenía una palabra amable: ¡Qué bien te ves! ¡Qué guapa estás! ¿Qué te hiciste?  ¿Por qué te ves tan bien?

No sé cómo describir el optimismo que Álinka siempre tenía. Desgraciadamente pasó lo que pasó. La verdad es que me hace tanta falta. Todos los días nos hablábamos, casi siempre en la mañana temprano para ver cómo habíamos pasado la noche o cómo nos sentíamos y luego me decía “oye, vamos a hacer una travesura, vamos al cine”.

Nos encantaba ir al cine, nos dábamos  unas escapadas,  íbamos a las funciones temprano, y luego a comer. Yo  no soy de tanto andar,  pero ella me sonsacaba: “Ahora vamos a hacer esto, ahora vamos a hacer o otro, nos vamos a estudiar, a ver qué clases vamos a tomar”. Y bueno no sé cómo decirlo, no sé como describir todos estos sentimientos. Siempre tenía una palabra amable,  siempre te recibía con gusto  o con una sonrisa. No sé ni cómo describirlo.

Álinka tenía una gran amabilidad,te transmitía el gusto de ver todo bonito. Todo estaba bien,  nunca la oí hablar mal de nadie ni criticar a nadie. Siempre  tenía un comentario bueno sobre cualquier persona. Siempre  le veía  el lado bueno a las personas y a las cosas. Era una persona fuera de serie.

Nuestra amistad se inició, cuando nuestros hijos Jaime y Arturo fueron compañeros en la escuela primaria. Ellos se hicieron amigos y así, nosotros empezamos a llevarnos con Álinka y Abraham. Es una amistad que duró un buen tiempo, incluso Abraham  le hizo unas construcciones a Semi. Luego, había temporadas en que ellos viajaban mucho.  Jaime y Arturo crecieron y tomaron, cada uno, caminos diferentes.  Jaime se fue a estudiar  su carrera a Boston y Arturo  a Monterrey y luego a Denver

Sin embargo, con Abraham  y Álinka continuábamos viéndonos de vez en cuando. Ya no era tan frecuente ya que ellos  viajaban y nosotros también. Volvimos a reunirnos cuando   desgraciadamente, Semi  ya había fallecido y me hablaron para darme el pésame.

Cuando murió  Abraham, empecé a hablarle a  Alinka. Ella me recomendó a  Margarita, una terapista que ella veía, porque yo estaba muy mal de la columna. A partir de entonces se reinició  nuestra amistad, éramos muy afines, desgraciadamente las dos estábamos solas.

Me encantaba la manera de ser de Álinka, un gran cariño y una gran amabilidad. No sé cómo describirlo. Platicábamos mucho, de nuestros  hijos y sobre todo, de nuestros nietos y también de lo que Abraham construyó. Me empezó a invitar a eventos que hicieron en honor de Abraham, ¡yo estaba encantada! Hablábamos de arte, tomábamos  clase de cine en la ibero  cuando todavía las dos podíamos caminar. Después tuvimos que dejarla, ya que no podíamos físicamente. Alinka me animó a que renovara la casa y luego yo la animé a que remodelara la suya.

Álinka  me acompañó mucho cuando me operaron de la rodilla. Venía a verme casi a diario. Y luego… los doctores, íbamos juntas a verlos porque, desgraciadamente, las dos estábamos no  muy bien.

Casi siempre ella era la que venía a recogerme  y me decía “¿Cómo estás? ¿Cómo dormiste? Mira ¡qué bonito se te ve ese color! No sé ni cómo describirlo. Álinka era una anfitriona maravillosa,  tenía un gusto muy especial para poner las mesas ¡tan bonitas! Siempre uno era bien recibido, en su casa de veras que uno no tenía ganas de irse, de lo bien que se sentía.

Álinka era una dama en todo el sentido de la palabra. Ojalá que pudiera yo hablar mejor y decir todo lo que la quería. Yo admiraba a Álinka por su forma de ser, la manera de que te recibía y que hablaba. Me acuerdo cuando la escuché hablar en público en el homenaje que le hicieron a Abraham en el Museo Tamayo. ¡Me sentí tan honrada cuando nos invitó a mí y a mis hijos!  También me invitó al homenaje que le hicieron en Puebla donde ella también habló.

Luego me invitó a que fuéramos a Coatzacoalcos,  a la inauguración del teatro. ¡Estaba tan orgullosa del teatro y  con toda la razón!  Todo el mérito fue de ella. No quiero decir  que el diseño y la idea no fueron  de Abraham, pero Álinka fue admirable al sacar  adelante las obras, después que no estaba Abraham- ¡Fue una cosa increíble, la fuerza que tuvo!, y también el espíritu de terminar el Museo del Niño de  Villahermosa.
Ese no me tocó verlo a mí, pero sobre todo a mi nieto,  Eduardo. ¡No sabes que recuerdos tiene de ella Eddy, que oídos tuvo para él Álinka! Ella le presentó al fotógrafo Julius Shulmann, fue un gran honor. En nueva York, Álinka invitaba a Eddy a desayunar y él me contaba sobre el interés que ella tenía de todo lo que estaba haciendo.

¡De veras! hay tan pocas personas, como ella, que no la puede uno valorar.

Lili Levin

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